martes 1 de marzo de 2011

Otro tren y otra tarde

La tarde soleada acompaña con sosiego a los pocos viajeros que suben al tren. Soria se despereza en un breve preludio de la primavera que ha extinguido de las sombras el resto de las últimas nevadas. El sol cae ya desde mayor altura sobre el horizonte quebrado de los montes cercanos. A lo lejos refulge la masa blanca de la sierra, horadada por desgarros parduzcos que el calor ha ido agrandando a lo largo de los últimos días. El tren comienza lentamente su marcha, y ya deja atrás el andén minúsculo, y los álamos desnudos que escoltan al diminuto río Golmayo, y también el par de pequeños túneles desde los que, al volver a Soria durante las infinitas noches invernales, saludan por vez primera las luces de la ciudad. El tren, la estación, las cortas y fugaces calles, el paso intermitente de los vehículos, toda obra humana comunican su limitación y su pequeñez, su contingencia, su debilidad y carácter efímero. Pero sobre todo ello permanece la amplitud de la tarde, la potencia inextinguible de este sol de febrero y de las altas choperas interminables, de los roquedales inhóspitos y el ancho vuelo de las rapaces. Y toda la obra humana, producto de la voluntad de construir un mundo y de perdurar, palidece ante el eterno repetirse del reverdecer de los campos.

lunes 14 de febrero de 2011

Minideconstrucción VII.
Estela y la muerte.
Eduardo Abril Acero

Estela era una “niña bien” de una familia bien de Oviedo. Su padre era un médico con consulta privada por las tardes y hospital por las mañanas, y su madre dedicaba sus días a encontrar con qué no aburrirse cambiando cada seis meses de gimnasio y cada tres de profesor de piano, de tenis o de pilates. Entre la ocupación de su padre, salvando vidas unos días y corrigiendo curvas de la infelicidad algunas tardes, y su madre, buscando su lugar en el mundo, Estela creció sin demasiadas injerencias en sus actitudes.
Pronto descubrió que bastaba con no hacer ruido; y así ocurría la mayor parte de las veces, pues era tan extrovertida en el colegio como introvertida en casa, y tan disciplinada y correcta en las formas, como anárquica y obsesiva en los sentimientos. El problema era que de vez en cuando, con una frecuencia lo suficientemente escasa para que sus padres perdieran la memoria, Estela mezclaba su talento para la disciplina con una increíble capacidad para alterar todas las valoraciones. Empezó a ocurrir cuando ella contaba con nueve años y siempre durante largos periodos de insomnio de los que sus padres nunca supieron nada. La falta de sueño, mezclado con el cansancio y esa aparente impunidad de todo lo nocturno, la llevaron durante periodos más o menos largos, a crear un mundo aparte entre las cuatro paredes de su habitación.
En una ocasión, mientras preparaba la ropa que se pondría el día siguiente y que como cada día dejaba meticulosamente doblada encima del aparador con una bolsita de frutas de madera perfumada entre cada prenda y la siguiente, descubrió una babosa cruzando agónicamente el alfeizar de la ventana y con un espray insecticida la roció levemente mirando asombrada durante media hora la agonía del bicho. Le pareció algo tan fascinante, sus ojos saltones entrando y saliendo del gelatinoso soma de forma caótica y desordenada, al modo de dos enloquecidos ascensores, y su cuerpo retorciéndose a cámara lenta, que en los siguientes días ya sólo pudo pensar el momento en el que la vida abandona el cuerpo quedando este convertido en carne inerte.
Por la mañana vació una lata de crema hidratante, la limpió cuidadosamente de todo resto y se la metió en la mochila junto a los libros. Recorrió el camino de su casa al colegio escudriñando todos los rincones humedecidos por el rocío matutino, en busca de nuevas babosas, pero como no encontró ninguna, llenó la pequeña lata con muchos caracoles que pudo encontrar. Mas tarde, después de escuchar el tintineo que indicaba el comienzo de la alarma anti-ladrones, que su padre conectaba día tras día a última hora de la noche, justo antes de acostarse, sacó la caja de caracoles de la mochila los colocó separados unos de otros y, a medida que los caracoles asomaban sus viscosidades, les iba rociando el espray y contemplaba su agonía. Repitió la operación con cada uno de los pequeños animales y al terminar siguió sintiéndose ansiosa y desilusionada. Los caracoles, al contrario que las babosas, que no tenían donde ocultar el momento en que expiraban, se introducían en su concha padeciendo el dramático final en la intimidad, fuera de la mirada escudriñadora de Estela. Con un palillo intentó impedir el recogimiento del bicho, pero sin éxito. Incluso peló cuidadosamente uno de ellos, después de quebrar el sílice, pero tampoco resultó, puesto que el caracol asistía tan herido al momento de su muerte que a penas agonizaba ya cuando Estela lo empapaba en insecticida.
Esa noche la pasó delante de la pantalla de su ordenador buscando información acerca de los caracoles y preguntando en foros y chats cómo hacer salir de sus conchas a los viscosos bichitos. Aprendió que existen unos tipos obsesionados de los caracoles que se llaman malacólogos pero que estaban en las antípodas de sus pretensiones. Aquellos, pasan el día buscando los bichos, que guardan como tesoros conservándolos con vida en terrarios suntuosos. Todos muestran una veneración por esos animales y sólo se quedan con las conchas de los que han muerto. Estela en cambio deseaba encontrar el modo de hacerlos salir de sus viviendas para poder contemplarlos en su agonía. Por todo eso, los malacólogos eran sus antagonistas y nada pudo averiguar con ellos.
Le fue mejor buscando la información en páginas de cocina. Descubrió que algunos cocineros se habían hecho la misma pregunta con la pretensión de cocinar la carne de los caracoles sin la concha; los sumergían durante unos minutos en una solución de agua y un corticoide llamado ciclobetasol; los bichos se soltaban milagrosamente de la concha sin sufrir aparentemente ningún daño. En algunos foros había quien defendía el proceso y quien se alarmaba de que se utilizasen productos farmacéuticos de alto riesgo que podrían pasar a la cadena alimenticia. Pero nada de eso le resultaba relevante a Estela que después de tener en su poder la información ya sólo pudo pensar de qué forma conseguir el ciclobetasol.
Al día siguiente en el colegio, durante el primer recreo, abandonó por unos minutos la familiaridad del patio de primaria, y se armó de valor para buscar un estudiante del colegio que cursaba el cuarto curso de secundaria al que todos llamaban “Bicho”. No sabía mucho de él, pero entre los alumnos del colegio corrían todo tipo de leyendas acerca de sus atropellos. Decían que aquel tipo debía ser el menos recomendable y más peligroso de todos los estudiantes. Estela sabía, de forma casi instintiva, que si alguien podía conseguirle el ciclobetasol no era un chico normal, y tampoco podía pedírselo a su padre. Por la noche había valorado la posibilidad de robarle de la cartera una receta y falsificarla, pero la descartó inmediatamente dado que aún en posesión de la receta nunca le darían el medicamento en una farmacia a una niña tan pequeña. Así que la única opción era encontrar a alguien lo suficientemente arriesgado para intentar la transgresión, o lo bastante malo como para tener poco que perder. Pensó entonces en Bicho.
Sebastián, que así era como se llamaba, era hijo de un funcionario del consulado de México en Gijón. Apenas llevaba dos años en España pero ese había sido tiempo suficiente para crearse toda una reputación de individuo malencarado y de intenciones infames. Sin embargo, tres años antes, cualquiera podría haber juzgado al joven como un buen hijo lleno de promesas de bienaventuranza. Todo se truncó cuando su madre, quince años menor que su padre, prefirió la vida venturosa junto a un joven de su edad, recorriendo anárquicamente el continente, a la tranquila vida de sosiego al lado de un funcionario del estado. Su padre, para mitigar el dolor, quiso poner tierra de por medio y pidió destino en Europa. Sebastián se vio así, en un espacio de tiempo mínimo, privado de su madre, alejado de sus amigos y su entorno, y condenado a vivir con un padre incapaz de atender sus emociones desesperadas por estar él mismo ahogándose en su desesperación.
Estela se dirigió directamente a Sebastián, tocó levemente en su espalda y él se dio la vuelta.
-¿Tu eres bicho?
Él la miró de arriba abajo y contestó de forma escueta:
-Me llamo Sebastián, Bicho sólo me dicen mis amigos.
-Necesito que me ayudes...
-¿qué te ayude?, no te conozco de nada ¿por qué iba a ayudarte?
-Tu verás qué me pides a cambio, pero necesito tu ayuda...
-¿y qué es lo que quieres si se puede saber?-
Estela alargó la mano con un papel y Sebastián lo cogió, lo desdobló mirándolo unos segundos y contestó:
-¿Y esto qué coño es? ¿tu no me querrás meter en un lío?
-No es nada, una medicina que necesito
-¿una medicina?... mira niña, yo no soy el puto médico, si quieres una medicina, pues vete al hospital...
-Es que no me la van a dar, por eso te la pido a tí. ¿lo puedes hacer o no lo puedes hacer?
Sebastián se sintió retado y volvió a mirar el papel.
-¿y tú qué me darás?
-¿quieres dinero? -Sebastián miro a los lados, la agarró del brazo y echó a andar al tiempo que decía “ven”. La llevó a un rincón ciego detrás de los servicios, fuera del alcance de las miradas de los profesores que vigilaban el patio. Allí había un grupo de chicos fumando y a la voz de “largo”, disolvieron la concentración y despejaron el hueco, entonces empezó a hablar:
-¿dinero? ¿crees que necesito dinero pinche pijita? No necesito tu dinero, tengo todo lo que quiero...
-¿entonces qué quieres?
Sebastián miró a Estela de arriba a abajo y contestó:
-quiero que me enseñes las bragas
-¿Ahora?
-Si, ahora.
Estela sin inmutarse y sin mirar alrededor por si hubiera miradas indiscretas, se levantó la falda dejando al descubierto su ropa interior, unas bragas infantiles con un dibujo de flores y fresas. Sebastián las miró, y miró la cara de la niña, que en ningún momento había apartado la mirada de sus ojos y contestó:
-¡Vale!, ¡lo haré!, pero no te saldrá tan barato. Ven aquí mañana a la salida del colegio. ¿te vienen a buscar tus padres?
-no.
-Entonces ven aquí a esa hora.
Impaciente por que llegara el día siguiente, esa tarde Estela recogió todos los caracoles que pudo de vuelta a casa. Pasó también por una ferretería donde compró un saco de red; había leído la noche anterior, que para cocinar los caracoles, los guardan en el saco y los dejan colgados durante un par de días. Este proceso hace que el mismo caracol limpie su concha por dentro, vacíe su tubo digestivo y se deshaga de todas las excrecencias. Estela imaginó a los bichos, como los gladiadores encerrados en sus celdas, lavándose y untandose aceite para enfrentarse horas después al momento de su muerte y pensó que sería más adecuado que asistieran así a su holocausto, limpios.
Al día siguiente no pudo concentrarse en las clases en toda la mañana y durante la hora del patio, sentada con sus compañeras en un banco, no paró de mirar la puerta que comunicaba el patio de primaria con el patio de secundaria. En cuanto sonó el timbre de salida, recorrió el pasillo en sentido inverso luchando contra la corriente humana que se dirigía a la salida del colegio, y corrió hasta las puertas del aseo. En el hueco no había nadie, y dentro del aseo tampoco, así que se sentó a esperar y sosegarse.
Tuvo que aguardar durante más de diez minutos a que se presentase allí Sebastián. No se disculpó aunque saludó con un ánimo cercano:
-hola nenita...
-llegas tarde Bicho –dijo Estela saltando desde el pollo de la pared en el que se había subido.
-tranquila nena, que no me has pedido que te consiga un osito de peluche precisamente.
-¿lo tienes?- preguntó impaciente.
-Claro que lo tengo –dijo Sebastián al tiempo que sacaba una bolsa de papel.
Ella miró la bolsa y trató de alcanzarla con la mano, pero Sebastián hábilmente se la alejó donde ella no alcanzaba
- eh, no corras, que todavía no hemos hablado del precio.
Ella dio un paso atrás, se cruzó de brazos y le miró condescendientemente...
-a ver, qué quieres –Sebastián miró instintivamente a la puerta del baño, y ella siguió su mirada...
-pues... nomas quiero que me enseñes otra vez las braguitas, pero ahí dentro.-Estela sabía que no sería solamente eso, aunque no le pareció un precio demasiado alto. Decidió que si iba a tener sexo con el Bicho, mejor sería que tomase ella la iniciativa y marcase el ritmo del pago, así que le agarró de una mano y tiró de él, sin que opusiera mucha resistencia, hasta uno de los retretes. Allí le sentó encima del water, metió la mano dentro de su pantalón, le sacó la polla y le hizo una mamada. Actuó sin indecisiones, como si llevara haciéndolo toda la vida, algo que no era cierto. Cuando terminó, le arrancó sin esfuerzo la bolsa de papel que Sebastián sujetaba en su mano, y como quien no quiere la cosa, salió tranquilamente del colegio en dirección a su casa.
En su habitación, metió la bolsa con el ciclobetasol en el primer cajón de la cómoda, y se sentó a esperar que llegara la noche y el silencio. Una vez más, tras escuchar cómo su padre conectaba la alarma, empezó a preparar con frialdad y meticulosidad la ejecución de los caracoles. Primero accionó el espray dentro de un bote de cristal hasta que se vació, para disponer del veneno en dosis líquidas. Después, llenó una palangana de agua disolviendo las pastillas de ciclobetasol machacadas y convertidas en un fino polvo blanco. Tras esto, descolgó el saco de red con los caracoles que había enganchado en la alcachofa de la ducha, y sin sacarlos de su encierro los sumergió en el medicamento. De forma casi milagrosa los cuerpos de los caracoles empezaron a desprenderse de las conchas y sumergirse en la palangana. Estela, con cuidado pero apresuradamente, los fue sacando del agua según se iban desprendiendo y los colocaba en el alfeizar de la ventana. Cuando los tuvo todos alineados, pero rompiendo la fila lentamente con sus movimientos pausados, comenzó a aplicarles el veneno en dosis mínimas con una cucharilla. Pero no tardó mucho en comprobar la ineficacia del sistema y sentirse terriblemente decepcionada. Las babosas, tal vez por efecto del corticoide, no mostraban el mismo ánimo agónico para morir que había presentado el bicho dos noches antes. Se morían sí, pero únicamente se recogían sobre sí mismos, sin retorcimientos angustiosos, convirtiéndose en pequeñas bolas de carne viscosa y endurecida.
Estela pensó abandonar e irse a la cama, pero una ansiedad incontrolable le impulsaba a continuar con aquella locura macabra. Volvió a gastar la noche buscando información en la red a través de su ordenador. Pensaba averiguar dónde encontrar babosas aunque la navegación digital terminó llevándole por diferentes rutas. Comprobó que no debía ser fácil conseguir aquellos bichos, al menos para ella. Su actividad era básicamente nocturna y nunca se exponían a la luz del día. Vivían en pozos y alcantarillas en la ciudad, y en humedales y campos de cultivo fuera de ella. Estela pensó que no le sería fácil encontrar un pozo y tampoco estaba dispuesta a meterse en las alcantarillas. Valoró volver a requerir los servicios de su amigo Sebastián, pero estaba segura que el encargo atraería su atención y no quería que todo aquello saliera de las paredes de su habitación. Por casualidad, investigando sobre los distintos tipos de veneno, dio con una página dónde pudo ver varios vídeos de la muerte de ratones; ratones siendo ingeridos por serpientes, ratones despedazados en peceras por pirañas, ratones aniquilados por gatos, y en uno de ellos, una rata envenenada. La calidad era pésima, pero Estela pudo reconocer en aquellos movimientos epilépticos el estertor de la muerte.
Por la mañana, sin haber dormido y con los ojos enrojecidos, en lugar de ir al colegio tomó la dirección contraria, camino de la tienda de animales. Durante el desayuno le había pedido a su padre un poco de dinero para comprar un libro que les había recomendado la profesora de literatura y éste, sin hacer más preguntas que el título de la obra, sacó de la cartera cincuenta euros y le dio a Estela el billete. En la tienda pidió diez ratones de los blancos, del box que podía verse en el escaparate de la calle y el dependiente asombrado le explicó que esos ratones no eran mascotas:
-los ratones blancos los vendemos como alimento para las serpientes, y no creo que tu serpiente pueda comerse diez ratones de golpe, con dos o tres al mes debes tener más que de sobra.
-Es para un trabajo del colegio -contestó ella de forma concisa.
-¿un trabajo del colegio? ¿Qué clase de trabajos hacéis en tu colegio? -preguntó el dependiente mientras trataba de averiguar de qué colegio estaba hablando, mirándole el escudo bordado en su polo blanco.
-¿Me los va a vender o no?, hay otra tienda de animales en el centro comercial y no me gustaría tener que ir hasta allí -el dependiente la miró torciendo el gesto, y alargó la mano para coger una caja pequeña de cartón sin montar que tenía apilada junto a otras tantas en un estante tras el mostrador. Después se acercó al terrario donde estaban los ratones y metió diez de ellos sin reparar demasiado en los pequeños animales- Aquí tienes, son treinta euros. -Estela los pagó y se metió la caja en la mochila. Al salir se fijó en unos pequeños conejos blancos moteados que se aburrían dentro del terrario. Volvió a entrar en la tienda y sin cerrar la puerta le preguntó al dependiente
– ¿Los conejos con lunares cuánto valen?.
El dependiente volvió a poner cara de asombro y le preguntó con cierta ironía:
-¿también los quieres para un trabajo del colegio? De esos sólo nos quedan cuatro y por ser tú te los dejo a quince euros cada uno -Estela metió la mano en el bolsillo de su falda y sacó todo el dinero que llevaba, tenía suficiente para comprar uno, pero aún quería conseguir veneno, así que desistió. Antes de salir volvió a preguntar:
-¿Por casualidad no venderéis también veneno?
El dependiente continuando con su asombro contestó:
-Qué clase de veneno.
-Veneno para ratas, veneno para ratones.
-¿Quieres en serio veneno para ratones?
-Si.
-Pues de eso no tenemos. Somos una tienda de animales y aquí lo que nos interesa es mantenerlos con vida, no matarlos.
-¿y sabes dónde puedo conseguir?
El empleado continuaba perplejo
-Pero niña, ¿es que eres una especie de monstruo o algo así? -ella levantaba las cejas indicando que estaba esperando una contestación, y el tipo aflojaba la cara y contestaba resignado:
-Prueba en el ultramarinos, está un poco más arriba de la calle, allí tienen de todo.
Compró una caja de matarratas, uno que le recomendaron en el ultramarinos por ser extremadamente eficaz, y regresó a casa tras gastar el resto del tiempo del colegio sentada en un banco del parque de su barrio. Otra vez, al caer la noche, comenzó de nuevo la siniestra rutina. Había cogido un pedazo de queso de la nevera y con un cuter lo partía en tacos diminutos. Después ponía dentro pequeñas cantidades de veneno con la mano haciendo una leve presión sobre el queso; se había puesto unos guantes quirúrgicos que cogió del despacho de su padre después de leer en la etiqueta de la caja que no debía manipularse el veneno directamente con la piel. Cuando hubo acabado se dirigió a la caja de los ratones, la abrió y valoró la posibilidad de ir administrándoles el veneno de uno en uno, pero como no lo había previsto y no tenía ningún recipiente donde el resto pudieran aguardar el momento de su ejecución, decidió hacerlo en grupo. Casi sin pensarlo Estela vació por completo el tazón donde había ido guardando los pedazos de queso envenenado y en cuanto los animales recibieron el alimento comenzaron a comer apresuradamente. Y no tardaron mucho los ratones en dar pruebas evidentes del envenenamiento; Estela contempló casi sin parpadear como los pequeños bichos empezaban a convulsionar, se estiraban y se retorcían, movían alguno de los miembros espasmódicamente y lentamente iban expirando. Al final, cuando la calma empezaba a ocupar el lugar que unos minutos antes era incesante agonía, sólo quedaban los movimientos sosegados de la cola de un ratón, serpenteando despacio, y acaso una pata que rasgaba sin fuerza el cartón de la caja.
Durante los siguientes días faltó varias veces del colegio para ir a buscar nuevas víctimas a la tienda de animales. No iba siempre a la misma, pues no quería levantar sospechas, y repartía sus compras entre la que había en el barrio y dos más a las que tenía que ir en taxi o en autobús. Los ratones fueron, a partir de entonces, sus víctimas principales, pero también probó las artes exterminatorias con conejos, hamsters, pájaros y peces. Los más difíciles de manipular eran sin duda los pájaros ya que se los entregaban en unas pequeñas cajas de cartón en las que era difícil contemplar la agonía del animal después de administrarles el veneno. En una ocasión un canario se le escapó de la caja y empezó a revolotear por la habitación despertando a Remedios, la interna. Ella se acercó al cuarto de Estela y la encontró subida a la cama intentando alcanzar al pájaro infructuosamente con un cazamariposas de juguete. La interna asustada le preguntó qué hacía y Estela sólo supo decir que se había colado un pájaro en la habitación. Remedios miró con suspicacia a la ventana que permanecía cerrada y se acercó a ella para abrirla, por donde el pájaro inmediatamente salió volando mientras Estela gritaba “¡no!”
Sin embargo el experimento no duró eternamente, y Estela no pudo mantener el holocausto durante mucho tiempo. Una de las mañanas en las que se ausentaba del colegio para ir a comprar animales, tras haber conseguido las víctimas que por la noche mostrarían a la niña su dosis diaria de agonía, se sentó en un parque a esperar que pasara el tiempo suficiente para no levantar sospechas al volver a casa. Pero tuvo la mala suerte que a esa misma hora Remedios volvía apresurádamente a casa con un salmón recién comprado en la pescadería del barrio, atravesando el parque para ahorrarse unos minutos. Cuando cruzaron las miradas, la niña se sintió inmediatamente cazada, y sabiendo que en aquel momento se acababa definitivamente su holocausto animal, apretó la caja de los pequeños prisioneros contra su pecho, aumentando la perplejidad de la mujer. Y cuando estela abrió la caja, tras el requerimiento de Remedios, una docena de ratones huyeron despavoridos en todas direcciones, como si presintieran cuál habría sido su destino.
Ya en casa, Remedios llamó al colegio averiguando que la niña había faltado más de diez veces en el último mes, y después de registrar la habitación, y encontrar todo tipo de productos químicos y venenos, así como una caja llena de cadáveres de los que Estela aún no se había deshecho, pues su actividad exterminadora sobrepasaba con creces su habilidad para deshacerse de las pruebas, se apresuró a llamar a los padres para que se presentasen en la casa con urgencia.
El padre desmanteló la pequeña factoría de muerte que Estela había ido construyendo clandestinamente por las noches, echando en el contenedor de la basura cualquier producto o artilugio que pudiera haber tenido relación con aquella macabra afición, deshaciéndose incluso de muchas cosas de la niña que nada habían tenido que ver con los hechos y de los que su padre no se fiaba, como era el caso de una preciosa enciclopedia de anatomía animal que adornaba la estantería de su habitación, desde que su abuela se la regaló cuando tenía siete años. La madre, por su lado, buscó entre sus amigas del club las referencias de un buen psicoanalista para que averiguase en qué momento de su abandonada infancia, Estela había desarrollado aquella crueldad infinita y se la extirpase.
Los padres, perplejos, no se atrevieron a mirar a su hija a los ojos durante semanas, y sólo una vez, habiendo transcurrido ya más de dos meses desde que se destapó la trama, su padre acertó a preguntarle por qué lo había hecho. Pero la niña, consciente de que continuaban horrorizados, quiso tranquilizarlos señalando que sólo estaba aburrida.

miércoles 15 de diciembre de 2010

Morente

Acompañado de orquesta sinfónica, o de coro de voces búlgaras, o de rock furioso y distorsionado; con la guitarra de Manolo Sanlúcar o Tomatito o el Niño Ricardo o Pat Metheny; cantando a Leonard Cohen, a Lorca, o los cantes de Antonio Chacón; a todo, tan desordenado y sin sentido aparente, Morente ofreció esa unidad que no se sabe siquiera qué es, ése duende que no se comprende, pero que suena.
Hace veinte días cantó en Barcelona su " La aurora de Nueva York", del disco "Omega", algo que suena así como bulería por soleá y siempre me ha puesto los pelos de punta.

lunes 13 de diciembre de 2010

Minideconstrucciones VI.
Nombres repetidos.
Eduardo Abril Acero

Esa mañana de viernes, Jonás, después de la habitual matiné de sexo, se quedó tumbado mirando la lámpara de papel de estilo oriental colgada del techo. Cuando salió María del baño con una toalla enrollada en la cabeza y otra alrededor del cuerpo, dijo:
–Lo peor de todo es ver cómo hemos dejado de hablarnos. Hablar era para nosotros una cuestión de instinto, una forma de ser. Hablábamos durante horas, ¿te acuerdas? Cualquier excusa era válida para dar comienzo a una buena conversación. Charlábamos como quien pinta un cuadro. No era una cuestión de discutir por ver quién estaba equivocado, sino que nos comportábamos como artistas que inventaban palabras de forma que fuera el léxico empleado el que crease el sentimiento, y no al revés. Nuestras conversaciones, incluso la forma de discutir, tenían esa sutilidad del tallado. Tú siempre sabías qué responderme y cómo responderme. Y al mismo tiempo acompañabas a tu boca con gestos serenos y sensuales. Movías las manos pequeñas, te mordías el labio, mirabas las alturas como queriendo recuperar alguna de las palabras aladas pronunciadas un instante antes.
Jonás hizo un silencio ilustrado con una larga respiración y siguió hablando:
– Todo eso se acabó, María. Ahora hablamos con habilidad mecánica. Yo llego del trabajo, y tú sales corriendo al tuyo. En el cruce nos miramos de reojo, nos emplazamos para la noche, y nos prometemos impostadamente un rato juntos. Pero lo cierto es que hace ya tiempo que no disponemos de esos momentos. Tú vuelas por el mundo de los objetivos y los balances trimestrales, y yo aún sigo buscando un mundo por el que volar.
A María le cambió la cara con las últimas palabras de Jonás. Se quitó la toalla quedándose completamente desnuda y la dejó cuidadosamente encima de la cama sin dejar de mirarle fijamente mientras él seguía con la mirada perdida en el techo infinito.
–¿Me estás dejando Jonás?– dijo con voz firme pero rompiéndose en las últimas dos sílabas, “Jo–nás”.
En ese momento, Jonás perdió la concentración de su discurso y la miró por primera vez, mientras ella contenía sus emociones.
–No te dejo María, ya nos hemos dejado ambos hace tiempo. Podemos hacer como que no, y esta noche mirar una película sin mirarnos a nosotros y después follar como hace un rato, mirando de reojo el reloj de la cómoda. Yo no quiero eso María y tu tampoco lo quieres...
María cogió unos pendientes del aparador y se los puso mirándose al espejo, pero traspasando con la mirada a su propio reflejo. Luego se puso el Lotus que Jonás le había regalado unos años antes y, aún desnuda, se dirigió nuevamente a la cama.
–Pero yo pensaba que así es como tenía que ser. No ha pasado nada entre nosotros, no hemos dejado de querernos. Simplemente, todo se ha ido relajando hasta llegar a esto, a esta monotonía. Y supongo que eso es lo que le tiene que pasar a todo el mundo, también a ti y a mí, por mucho que hayamos tenido años brillantes Jonás. Yo no lo quiero, pero tampoco quiero perderte.
Jonás levantó la cabeza, respiró profundamente, acarició el hueco vacío de la cama donde faltaba el cuerpo de María y continuó hablando:
–Seguramente tengas razón, pero yo no quiero que eso nos pase a nosotros, no quiero despertarme un día y odiarte por estar tumbada a mi lado, por no ser quién eras cuando pasábamos las tardes borrachos de vino, de felicidad y de literatura. Ahora te quiero, pero no sé si te querré siempre.
–¿Y por eso me dejas? ¿Porque crees que ahora me quieres pero que tal vez me dejarás de querer? ¿No es esa una forma terrible de ser un cobarde, Jonás? Ni siquiera me das la oportunidad de luchar contra estas circunstancias. No hay otra mujer con la que competir, más joven y más guapa. Tampoco hay nada en mí que te disguste y que pueda prometerte cambiar. Me dejas por algo que ni siquiera ha sucedido. Juzgas esto, tú y yo, no por el presente, ni tampoco por el pasado. Lo juzgas por el futuro, un futuro presentido simplemente.
–No, María, no es eso. Lo he pensado mucho, tanto que llevo meses sin dejar de darle. Si hay algo que me importe en mi vida eres tú, tú y yo, estos años juntos, nuestras conversaciones, ese viaje a las islas griegas, todos los polvos que hemos echado, tu risa llegando a cada uno de los rincones de esta casa. Si tuviera que hacer un balance de mi vida, si tuviera que enumerar la lista de mis éxitos, la columna sólo contendría tu nombre y no habría nada más. Nunca he escrito nada realmente valioso, digas lo que digas. No tengo un gran trabajo, ni siquiera puedo asegurar que el par de amigos que tengo lo sean incondicionalmente. No he hecho nada de lo que sentirse orgulloso salvo el haberte conocido, haberte conquistado y saber que mis pasos suenan al mismo ritmo que los tuyos...
La cara de María se llenó de dulzura y perplejidad, se sentó a su lado y acarició su brazo.
–Entonces Jonás, ¿por qué quieres dejarme?
–Quiero dejarte... –Jonás hizo una pausa para tomar aliento y a María se le escapó una lágrima por cada ojo– quiero dejarte porque si seguimos así tu nombre terminará estando escrito en la columna de los fracasos, pero sobre todo quiero dejarte para darnos una nueva oportunidad, para dejar que sea el destino quien juegue sus cartas ahora, no permitir que esto se muera poco a poco hasta que ya no haya nada que salvar.
–¿Por qué me hablas ahora del destino?
–Quiero proponerte un juego María.
–¿Un juego? ¿Me ves con ganas de jugar Jonás? ¿Crees que ésta es la cara de alguien que quiere jugar? ¿Crees que mi vida es un juego? –dijo María con voz amarga y derramando, ahora sí, lágrimas de forma continua.
–María, estos años, los mejores, fueron buenos porque jugamos, porque hicimos todo cuanto se nos ocurrió, porque fuimos creativos y no nos importó nada de lo que los demás pudieran pensar, ni tus padres ni los míos, ni siquiera nuestros amigos, y sabes que hemos perdido a muchos de ellos que nos tacharon de frívolos e irresponsables. Todo fue tan emocionante porque éramos nosotros los que decidíamos las reglas de cómo estar en el mundo, de cómo mirarnos, de cómo querernos. Pero cuando dejamos de jugar, cuando dejamos de ser frívolos e inconscientes, cuando empezó a importarnos el futuro, todo comenzó a venirse abajo. ¿Te acuerdas de Andrea y Andrés?– ella sonrió– ¿Quiénes sino nosotros habrían tensado tanto las reglas como para atreverse a aquello?
–Pero ellos ahora no nos hablan... –contestó María.
–¡Normal! Pero si no hubiera sido por nosotros no se habrían encontrado nunca.
–Aquello fue una locura, Jonás.
–Un juego emocionante, María.

* * *

La historia de Andrés y Andrea ocurrió tiempo atrás, durante los “años salvajes de la literatura”, que es como Jonás y Filene llamaban a la época en la que compartían piso en el Barrio de La Latina, y María era una visita habitual. Una tarde de sábado, tomando cervezas en la Plaza de la Paja, Jonás María y Filene hablaban sobre la infidelidad. Filene les acusaba de ser una pareja tan convencional como cualquier otra, aunque fingidamente posmoderna. Les decía, con su tono de superioridad -una tensión que le imprimía a la voz forzándola de forma que parecía extrañamente natural y segura-, que ellos, como cualquier otra pareja, se relacionaban según reglas mercantiles de propiedad. “Cuando empezamos una relación –decía– todos firmamos un contrato mercantil por el que la intimidad, la sensualidad y el erotismo pasan a ser propiedad exclusiva del contrayente contrario. Y cuando nos vemos desprovistos de nuestra propiedad, bien porque alguien disfrutó de ella a nuestras espaldas, o porque unilateralmente nuestra pareja rompió el contrato poniendo de nuevo en el mercado sus virtudes, nos sentimos estafados, perjudicados en nuestros bienes. Tratamos el amor como una cosa más, uno de nuestros electrodomésticos y vosotros no sois diferentes en esto”. Pero Jonás y María lo negaban una y otra vez. “Nosotros –decía María mirando cómplice a Jonás– no nos tratamos así, cada uno es cada uno, lo que no impide que de cuando en cuando haya un poco de confusión a la hora de distinguir un cuerpo de otro. Entonces Filene les propuso un juego: “Sed infieles pues, –decía– compartid vuestros cuerpos con otros y veamos hasta qué punto estáis dispuestos a ignorar los convencionalismos”. Jonás se quedó unos minutos en silencio, como hacía siempre que una idea comenzaba a tomar forma en su cabeza.
–¿Qué piensas Jonás?–le preguntaba María.
–Igual la idea de File no es tan mala, tal vez...
–¿Quieres que nos liemos con otras personas? –le interrumpía María perpleja.
–Eso no tiene demasiada emoción. Buscar a alguien con quien echar un polvo es algo que podemos hacer en cualquier momento, incluso sin que File venga a llamarnos convencionales. Igual ya ha ocurrido. Tú, María, podrías haberme puesto los cuernos con alguno de tus compañeros de la tienda. Follar en los probadores de Zara es algo que todos hemos deseado hacer alguna vez, también supongo que los dependientes...–decía Jonás justo antes de beber un gran trago de su cerveza.
–La mitad de ellos son homosexuales, Jonás –volvía a interrumpirle María.
–Estoy pensando en otra cosa. Un juego –Jonás hacía una pausa que le imprimía a la situación cierta tensión liviana–. Podríamos buscar a alguien cada uno de nosotros, alguien que consigamos que se interese por ti y por mí. Podemos incluso acostarnos con ellos, pero el objetivo no debe ser ése, el objetivo debe ser que, después de interesarse por nosotros, consigamos que sea con la pareja del otro con quien quieran estar...
María captó de inmediato lo que Jonás estaba proponiendo y sonrió.
–Eres malo Jonás, eres malo –dijo mientras acariciaba uno de sus brazos y le miraba con esa mirada pérfida.
–Y ya puestos, –intervenía Filene en la conversación– ¿por qué no buscáis a dos que compartan el mismo nombre? –Jonás levantaba la cabeza y abría los ojos como platos– Sí, dos nombres iguales, Pepe y Pepa, Julio y Julia, Carlos y Carlota...
María y Jonás se miraron y se echaron a reir.
–¡Es fantástico! –exclamó Jonás–, dos tipos con el nombre repetido se conocerán gracias a nosotros, y cambiarán de pareja ambos en la misma noche.
–En una cena –apuntaba entusiasmada María–, les invitamos a cenar y que se vuelvan locos el uno por el otro.
A las pocas semanas, tanto María como Jonás habían encontrado los candidatos perfectos. Andrea, una alumna de primer curso a la que no le resultó difícil interesarse por uno de los becarios de la facultad en cuanto le habló de literatura árabe contemporánea, mientras le invitaba a capuchino en uno de los cafés decimonónicos de Ópera. Y Andrés, el amigo de una compañera del trabajo de María, un tipo suave y de modales refinados que desde la primera cita la miraba con cierta vergüenza impúdica. María sabía cómo hacer que los hombres se volvieran locos de amor, mezclaba un poco de rojo de labios con un aspecto inocente de no haber roto un plato en su vida y un arsenal de comentarios curvilíneos y equívocos, repletos de dobles sentidos, haciendo que el tipo que tenía frente a sí se llenase de deseos cruzados que aparecían y desaparecían a la velocidad de la luz.
Durante semanas, Jonás y María se contaban sus progresos en la conquista de sus amantes consentidos. No hablaban de si habían tenido sexo con ellos o no, pero tampoco se lo preguntaban el uno al otro. Se enfrentaban al asunto de manera jovial y alegre, profundizando tranquilamente en los entresijos de la relación. Tenían la sensación de estar jugando a un juego emocionante lleno de posibilidades. Además, trataban de hacer coincidir el desarrollo de la conquista y pactaban cuándo había llegado el momento de la primera discusión de enamorados, cuándo debían conocer a los amigos de sus falsos amantes, o cuándo y cómo era el mejor modo de hacerles un regalo.
Después de casi un mes de citas, María y Jonás empezaron a pensar en provocar cuanto antes el desenlace. La primera idea había sido una cita conjunta de las dos parejas, pero a Jonás le pareció que la sospecha de que él y María tuvieran una relación estrecha podría estropearlo todo, así que buscaron la complicidad de Filene. Fingieron un encuentro casual de File con cada una de las parejas por separado, en la que simularían que se encontraban dos antiguos amigos que hacía tiempo no se veían. Filene insistiría en invitarles a cenar ese mismo viernes con la excusa de que venía a su casa otra pareja que les iba a encantar. Por supuesto, tanto María como Jonás aceptarían la invitación, y apuntarían la dirección de la casa de La Latina donde sería el convite.
Ambos, junto a File, se tomaron de modo quasicientífico la preparación de la cena; todas las viandas habían sido cuidadosamente cocinadas de acuerdo a lo que sabían de los gustos de los comensales, y el anfitrión pactado iría sacando ordenadamente temas de conversación en los que Jonás y María pensaban que tanto Andrés como Andrea, se sentirían cómodos y disfrutarían de la conversación.
Y así ocurrió, la velada fue extrañamente agradable para todos, aún cuando estaba escrita como una obra de teatro que llevaban ensayando cerca de una semana. En cada momento, File, María y Jonás, sabían quién se levantaría a buscar más vino, quién comentaría un libro dejado cuidadosamente encima de la cómoda, quién se interesaría por un cartel de la Guerra Civil medio descolgado de una de las paredes de ese piso mezcla de Ikea y rastro dominguero. Los tres comprobaron cómo Andrés se interesaba cada vez más por Andrea, quien no dejaba de cruzar sutilmente miradas en dirección suya. Incluso, en un momento de la noche, Filene con la habilidad de un equilibrista acabó derramando unas gotas del caramelo del tocino de cielo que traía como postre, encima de la camisa de Andrés y la falda de Andrea. Con la misma pericia logró que los dos acabasen, a solas, limpiándose el uno al otro en el pequeño cuarto de baño que estaba al final del corredor, en la otra esquina del piso. Cuando regresaron, lo hicieron sonriéndose el uno al otro e intercalando miradas tímidas con sus supuestas parejas.
Y cuando todo estaba dispuesto, y sólo quedaba el último acto, Jonás y María se levantaron a la vez, de forma violenta, y se fueron apresuradamente a la cocina, dejando a media conversación uno de los discursos de Filene, quien fingió confusión. Andrés y Andrea se miraron y, ante el asombro de File, también enmascararon sus caras de perplejidad, más aún cuando empezaron a escuchar ruido de platos rompiéndose en la cocina. Entonces se incorporaron todos y se acercaron a la puerta sin dar crédito a lo que estaba sucediendo. Jonás había despejado la mesa de cacharros esparciéndolos en trozos por el suelo, había subido a María encima, y sujetándola por el culo la besaba apasionadamente. Enseguida Andrés, tres segundos después de empezar a comprender lo que estaba ocurriendo allí, se avalanzó sobre los amantes infieles y agarró a Jonás por el cuello, apartándolo de entre las piernas de María, y empujándole violentamente contra la nevera. File, que había calculado la escena hasta en estos imprevistos, le sujetó fuertemente apartándolo de Jonás y facilitando su huida. María, con precipitación, cuando aún se resentía del agarrón del cuello, le cogió de la mano y los dos salieron corriendo dejando tras de sí únicamente el golpe seco de la puerta de entrada.
Durante unos minutos Andrea y Andrés se miraron como si no comprendieran nada. File, junto con Jonás y María, había planeado que, en este punto de la representación, lo más importante era no dejar que su perplejidad se convirtiera en un acto de liberación de la rabia, pues el enfado no permitiría catalizar los sentimientos que esperaban hacer surgir en la nueva pareja. Había, en cambio, que relajar la velada intentando que ellos vieran algo positivo en lo sucedido, aún cuando no comprendiesen ni una palabra. Pero, esta vez, File no supo controlar los tiempos, y Andrés se le adelantó comenzando a soltar exabruptos contra Jonás:
–¡Menudo hijo de puta este novio tuyo! Si ya notaba yo que el cabrón se traía un jueguecito extraño con María...
Pero Andrea, contraviniento todas las espectativas, salió en defensa de Jonás acallando la intervención conciliadora de Filene:
–¿Pero qué dices? –contestaba ofendida–, ¿tú has visto a la lagarta de tu novia, tío? ¡Pero si no lo ha dejado tranquilo en toda la noche! No debes darle mucha caña a la niña, porque ya venía calentita de casa, tío...
Comenzó así una escalada de reproches que escapaba por completo del control de Filene, quien intentaba inútilmente intervenir en la discusión. Cuando daba ya por perdido el juego, Filene agarró el móvil y marcó en número de Jonás. Entonces Andrés y Andrea escucharon con claridad en un vacío mínimo entre un grito y otro: "Jonás, la cosa no ha funcionado, así que subiros". A Andrés se le pusieron los ojos como platos, acercándose a File sin pestañear:
–¿Has hablado con ese cabrón? ¿Cómo que no ha funcionado? ¿No ha funcionado el qué?
Andrea, muda, detrás de Andrés, ahora en el mismo equipo, miraba fíjamente a Filene esperando una contestación. Éste, inspirando profundamente y adoptando un gesto de resignación mientras dejaba escapar todo el aire de sus pulmones, se limitó a sentarse tranquilamente en el sitio que había ocupado durante la cena e, invitándoles a ocupar sus sillas con un gesto de la mano, comentó:
–Eso, chicos, mejor que os lo expliquen Jonás y María, que están a punto de llegar.
A los pocos minutos, mientras Andrés y Andrea miraban impacientes a File, se oyó el ruido de las llaves girar la cerradura vieja de la puerta del piso, y enseguida se presentaron ambos en el comedor. Andrés miraba con odio a Jonás, mientras que Andrea le dedicaba una mirada triste y decepcionada. Antes de que éste empezara a reprocharle el rapto, Jonás comenzó a hablar mientras María permanecía detrás de él con un gesto entre lo cómico y la vergüenza. Durante media hora Jonás contó con todo tipo de detalles todo lo que había ocurrido en la vida de Andrés y Andrea. Les explicó cuál era la verdadera relación existente entre él y María, cómo y cuando pensaron en montar ese juego, por qué les habían elegido a ellos, de qué forma se había desarrollado toda la trama y cuál debía haber sido el desenlace final de los acontecimientos. Cada uno de ellos tenía que convencerse de que aquella cena fallida y aquella relación fallida no había sido sino el comienzo de algo mucho mejor de lo que se terminaba. Ambos reconocerían que Andrés para Andrea y Andrea para Andrés, eran la mejor de las opciones si se trataba de elegir pareja.
Jonás añadía ciertas disculpas, que no llegaban a serlo del todo, señalando que ahora que se había roto el misterio, lo que lamentaba es que ninguno de los dos fuera a darle una oportunidad al otro, al que en adelante concebirían como parte de un juego macabro. Añadía, en un último intento desesperado de llevar todo aquello a buen puerto, que si fueran capaces de ignorar lo que había ocurrido los últimos cuarenta minutos de la noche, y se concentrasen en sí mismos , se darían cuenta de que el juego no había estado tan mal, y serían capaces de mirarse el uno al otro e distinta forma. Andrea, después de las palabras de Jonás, y a punto de derramar lágrimas contenidas durante minutos, agarró su abrigo y el bolso, y salió apresuradamente de la casa sin decir ni una palabra. Andrés, por su parte, hizo lo mismo unos segundos después, pero añadiendo a su retirada un “estáis locos tíos, completamente locos”.
María, File y Jonás, se sentaron entonces alrededor de la mesa y terminaron la media botella de vino que aguardaba paciente durante la discusión. Al principio había entre ellos cierta aprensión a frivolizar sobre el asunto, tal y como lo habían hecho durante casi un mes, pero, a medida que relajaban las lenguas, volvieron a ese tono distendido, en el que eran capaces de hablar de Andrés y Andrea como los personajes de un guión cinematográfico en desarrollo. No coincidían en cuál había sido el error, en qué momento de la noche se habían equivocado. La velada terminó con el reconocimiento del fracaso, asegurando Jonás que, al fin y al cabo, “las personas son del todo impredecibles. Si el mismísimo Dios”, aseguraba, “se equivocó con Adán y Eva, entonces cómo vamos a acertar nosotros con Andrés y Andrea”.
Sin embargo, el final de aquella historia se prolongó hasta tres semanas después, cuando, una mañana de domingo, tras una noche de fiesta, Filene apareció muerto de la risa en el piso, ocupado por María y Jonás a punto de desayunar. “No os vais a creer con quién me encontré esta noche en Malasaña. Yo estaba con Vicente, ¿te acuerdas de él?, y, de pronto, me veo entrar a vuestros novios, Andrés y Andrea, cogidos de la mano. Ellos no me vieron, claro, pero yo sí, así que me los quedé mirando. Los tíos se pidieron unas cervezas, se sentaron en una de las mesas del fondo, estábamos en el San Mateo, y se tiraron como media hora haciéndose arrumacos el uno al otro. Yo, claro, no pude no morirme de la risa”. Jonás y María se miraron y se echaron a reír. “Al final –decía Jonás–, las cosas no fueron tan mal ¿verdad?”.

* * *
María, todavía desnuda, se levantó, abrió uno de los cajones de la cómoda y sacó unas bragas negras tirándolas sobre la cama. Después, del cajón superior sacó un sujetador, también negro, que se puso de inmediato. Del armario descolgó un vestido gris, el mismo con el que aparecía en una foto que adornaba la habitación desde la única estantería, y también lo arrojó a los pies de Jonás, que seguía tumbado mirándola. Entonces volvió a acercarse, y mientras se ponía las bragas, continuaba hablando rompiendo el incómodo silencio de los últimos tres minutos.
–Me estás dejando. Me dices que me quieres, que soy lo más importante en tu vida, pero aún así me estás dejando y quieres convertir todo esto en un juego, supongo que el último juego. Pues bien, tendrás que contarme en qué consiste ese último juego en el que ahora somos nosotros las piezas. Jonás se incorporó y buscó en la mesilla de noche sus gafas de pasta, luego se puso una bata marrón con rayas naranjas que había sido el primer regalo de reyes que María le había hecho hacía ahora casi cinco años.
–Yo quiero volver a vivir una vida emocionante y me gustaría, más que nada en el mundo, que fuera contigo, María. Y por más vueltas que le doy sólo se me ocurre que volvamos a empezar, pero de verdad.
–¿Volver a empezar? ¿Cómo podemos volver a empezar ahora? ¡No vamos a borrar de repente estos siete últimos años!
–No, no podemos hacerlo, salvo que nos olvidemos uno del otro.
–¿Olvidarnos? ¿Cómo vamos a olvidar todo lo que nos ha pasado? ¿Cómo pretendes olvidarme, Jonás, si me quieres?
–No sé si podré María, pero creo que deberíamos intentarlo, darnos una última oportunidad antes de que sean el tiempo y la monotonía los que acaben con nosotros.
A María se le abrieron los ojos tanto como su gesto se tensó.
–Lo que me estás diciendo es que nos dejemos de ver ¿verdad?¿Quieres que nos dejemos de ver? ¿Ese es el juego tan emocionante que me propones? Jonás, eso no está a la altura de ti mismo. Ese juego de “démonos un tiempo” lo practican todas las parejas que no se tiran las sartenes mutuamente.
–Bueno, en realidad no es eso. Es verdad que quiero que dejemos de vernos, porque es la única forma de que nos olvidemos lo suficiente como para darnos la oportunidad de volver a empezar en algún momento del futuro. Pero el juego no es ese. El juego consiste en no romper, en seguir conservando esto que tenemos. No nos dejemos. Simplemente, comencemos a vivir cada uno por su cuenta a ver qué nos depara el destino por separado. Y si en algún momento del futuro, sea dentro de un año o de veinte, ocurra lo que ocurra y estemos haciendo lo que sea, nos volvemos a encontrar, dejémoslo todo y empecemos de nuevo. Quiero decir, no es necesario que abandonemos la vida que llevemos y nos marchemos a vivir de la pesca durmiendo en la playa en alguna isla del Pacífico. Se tratará, más bien, de anteponernos a nosotros mismos frente a cualquier cosa, un trabajo, otra pareja, una familia...
–Pero Jonás, esto es Madrid. Nos veremos antes de que hayamos empezado casi a echarnos de menos. Yo trabajo en Moncloa y tú vas todos los días a la Universidad. Pasas por delante de mi oficina. Y si no es ahí, nos encontraremos en cualquiera de los bares a los que vamos los dos, o coincidiremos con amigos. No tiene sentido lo que dices. Aunque dejemos de vivir juntos, no dejaremos de vernos más allá de dos o tres meses.
Jonás negó con la cabeza e instintivamente miró a un montón de papeles entre los que asomaba una carta matasellada y con el sobre desgarrado. También María miró en dirección a la carta. Jonás se acercó a los papeles y alineó sus bordes haciendo que la carta desapareciese de entre los demás documentos. Luego hizo una pausa antes de continuar hablando, poniendo las manos encima del montón de papeles:
–Eso no ocurrirá.
Ella cerró los ojos como si hubiera comprendido una verdad indecible de pronto, como se comprende la solución de un acertijo que se ha perseguido durante días y, finalmente, se descubre que todo era más fácil de lo que uno había sospechado, estando siempre la respuesta delante de la punta de la nariz.
–Ya has dicho que sí, ¿verdad? –dijo María con la voz entrecortada intentando contener una tristeza que le sobrevino de pronto. Jonás asintió con la cabeza y se acercó a ella para abrazarla, pero María se retiró gesticulando para que se apartara– Pides mucho Jonás. Va a ser difícil prescindir de ti. Puede que me cueste meses o años rehacerme de tu ausencia. Puede que tengas razón cuando dices que todo esto se nos muere poco a poco, pero, aún así, entre tanta decadencia tú sigues estando a mi lado y sigues iluminando mi vida. Me da igual que la luz ya no sea tan brillante, ya no nos riamos juntos tanto, ya no hablemos como lo hacíamos antes, pero puedo vivir en penumbra porque al menos sé por dónde voy. No puedo concebir cómo será vivir durante un tiempo en plena oscuridad, sin ti, y no me apetece comprobarlo. Tú me pides que recorra ese desierto y que, cuando salga y rehaga mi vida, sea capaz de ignorarlo por irme detrás tuyo de nuevo.
–Eso mismo es lo que te pido, María. Yo me iré de Madrid y lo más probable es que nunca volvamos a vernos. Pero si hay una sola oportunidad de que tú y yo acabemos juntos quiero que sea así, de forma brillante, jugándosela al destino. ¿Lo Imaginas María? Tal vez pasen diez años, quince, pero en el mismo momento en que nos veamos toda nuestra vida cambiará de repente. Los dos sabremos que hemos ganado, que el universo entero se ha doblegado a nuestra voluntad, a nuestros deseos. Nos daremos un gran beso y nos iremos corriendo a donde sea, a desnudarnos y follar como locos. Será tan emocionante que sólo por ese momento valdría la pena vivir cualquier vida, por terrible que sea.
–¿Y si no nos encontramos?
–Si eso no ocurre, María, al menos tendremos una oportunidad por separado. Después de que nos dejemos de ver, aunque nos echemos de menos, tendremos una vida abierta frente a nosotros y podemos esperar cualquier cosa de ella. Si permanecemos juntos, moriremos lentamente.
María terminó de ponerse el vestido, se calzó y tras un escueto “adios Jonás, me voy a trabajar”, cerró la puerta de la habitación tras de sí, y unos pasos después la de la calle.
Jonás, entonces, recuperó la carta que unos minutos antes había escondido entre un montón de papeles desordenados y volvió a leerla. Comprobó de nuevo cómo desde el Departamento de Estudios Paleolingüísticos del Museo Arqueológico de El Cairo aceptaban su solicitud de trabajo y le instaban a que se incorporase a su puesto lo antes posible.
Por la noche, al regresar a casa después de un día intenso, primero en la universidad y más tarde tras la comida, en la Embajada Egipcia, Jonás no encontró a María en casa. Las cosas estaban tal y como las habían dejado por la mañana: las tazas manchadas de café en el fregadero, la cama deshecha, el cajón donde guardaban la ropa interior abierto... Preparó algo de cena para los dos y al comprobar que ella no llegaría a tiempo, cenó solo. Más tarde intentó llamarla al teléfono móvil pero estaba desconectado, y al abrir su correo electrónico por última vez en el día, descubrió un mensaje de María. Era un mensaje escueto:


“Acepto el juego Jonás. Nos veremos en algún momento del futuro.
Cuídate amor mío.
María”.

* * *

Hoy era el cumpleaños de Jonás, pero nadie en el museo lo sabía. Desde hacía exactamente diecisiete años no organizaba ninguna fiesta para celebrar este día. Al principio, en El Cairo, todo lo más que había hecho es tomarse un té con uno de los becarios con los que compartía despacho, Hakim. Pero cuando terminó su beca se marchó del museo y Jonás le perdió la pista. Tras eso, no había mantenido relaciones de amistad con nadie en la ciudad, limitándose a las estrictamente necesarias dentro de su trabajo, en el que se había volcado tanto que llevaba ya dos años como Jefe del Departamento. En el museo, Jonás tenía fama de hombre esquivo, apático y con cierta pátina de tristeza.
Esa mañana acudió al despacho del museo y después de comprobar que el correo electrónico seguía igual que como lo había dejado la noche anterior, se dirigió al taller, donde unos becarios trataban de recomponer una tablilla que suponían era de una Biblia del siglo segundo que Jonás estaba tratando de identificar y traducir. Les preguntó por los nuevos avances y, mientras contestaban, se entretuvo mirando desde la ventana cómo entraban en tromba cientos de turistas por la puerta de entrada. En esos primeros días de agosto el museo se convertía en un parque temático, lleno de aprendices de arqueólogo buscando pistas en el casi medio centenar de momias expuestas en las vitrinas. Pero, esa mañana, algo llamó su atención de entre la multitud que subía la escalinata de la entrada principal.
Jonás salió corriendo dejando a uno de los becarios con la palabra en la boca y atravesando en poco más de tres minutos todo el Imperio Antiguo, el Imperio Nuevo, dejando atrás el tesoro de Tutankamón y todas las estatuas de los reyes, llegando finalmente al enorme hall de entrada. Allí comenzó a mirar impacientemente por todas las esquinas, se adentró unos metros en la sala que daba comienzo al Imperio Medio y volvió sobre sus pasos unos metros en dirección contraria, hacia el Salón de los Reyes. Pero no encontró nada. Un poco después, cuando estaba a punto de abandonar la búsqueda una voz por encima de las demás llamó su atención.
–¡María! ¡María!
Se giró y vio cómo un hombre con el pelo medio canoso gritaba desde arriba de la escalinata de acceso al piso superior, dirigiendo su voz hacia la entrada. Jonás volvió su vista instintivamente hacia allí y vio a María, vuelta de espaldas, con su pelo largo, sus piernas largas y una sombra larga adentrándose en el museo y tapándole la luz a todos los demás, atrayendo sobre sí todos los brillos. No pudo evitar la emoción y se apresuró a acercarse. Cuando estaba a su espalda se detuvo en seco y la contempló durante unos segundos. Su pelo era más oscuro, pero seguía conservando ese cuerpo delgado de caderas anchas y esos hombros delicados. Entonces la llamó...
–¡María!
Ella se dio la vuelta y Jonás pudo ver unos ojos grandes, una boca pequeña y dulce pintada de rojo y una mirada llena de inteligencia y reserva. Su cara era la de una adolescente que acababa de abandonar la infancia, llena de propósitos del mundo adulto. Pero su cuerpo y sus gestos hablaban de una cabeza repleta de engranajes funcionando y una piel suave y deseante. Sin embargo, la sonrisa emocionada de Jonás se volvió plana cuando María se giró, perdiendo de pronto su nombre. Ni esos ojos grandes y brillantes, ni esa boca pequeña y prometedora eran los de María, que ahora se había convertido en una aparición cuyo contorno se llenaba de claridad al estar situada allí, junto a Jonás, a contraluz delante de la puerta que daba paso al brillante sol de agosto.
–¿Nos conocemos? –preguntó ella sonriendo con calidez.
–Buscaba a María– contestó Jonás, todavía tratando de diluir su emoción en unos pocos segundos, ralentizando el latido de su corazón.
–¡Entonces me has encontrado! Yo soy María –dijo ella con una sonrisa amplia y unos ojos llenos de claridad.
Jonás arqueó las cejas, inspiró una gran bocanada de aire y puesto que sus latidos habían insistido en persistir a un ritmo constante e intenso, decidió aprovechar su emoción, ahora fijada en esa boca roja y esos nuevos ojos.
–¿Así que tú eres María? –preguntó Jonás, entrecerrando la mirada como si se estuviera acercando a un gran misterio. Ella contestó afirmativamente con la cabeza al tiempo que pronunciaba un imperceptible “ahá” y recorría disimuladamente con la mirada el cuerpo de Jonás, tratando de hacerse una idea de quién o qué era aquel extraño tipo.
–¿Me vas a explicar por qué me buscabas, o vas a quedarte ahí mirándome embobado?– dijo sin perder una sonrisa mezcla de ternura y perspicacia.
Jonás valoró terminar aquella conversación diciéndole simplemente que se había equivocado. Pero, tal vez por el latido imparable de su corazón, o por tantos años de soledad que deseaba dejar atrás, o por aquella silueta incandescente que le decía “ven”, decidió seguir adelante con el juego.
–Verás, María, tú no lo sabes, o no lo recuerdas, pero tú y yo empezamos un juego en otra vida y ahora he venido a que lo cumplas porque, y eso tampoco lo sabes, hemos ganado.
–¿Y qué hemos ganado? –preguntó ella intrigada.
–Yo te he ganado a ti y tú me has ganado a mí.
Al escuchar lo que Jonás decía, María sonrió. Y cuando él la agarró suavemente por el brazo, un escalofrío recorrió todo su cuerpo.
–Y ahora, ¿qué debemos hacer, entonces?... –dijo, dejando su pregunta colgada en el aire como si le faltara una palabra desconocida.
–Me llamo Jonás, soy el Jefe del Departamento de Estudios Paleolingüísticos del museo, aunque eso ahora importa poco. Lo que te voy a contar tal vez te parecerá raro, pero yo estoy decidido a jugar este juego hasta el final y quiero que me acompañes– ella arqueó las cejas–. Hace muchos años, María y yo hicimos un trato. Rompimos una relación en la que nos ahogábamos y nos prometimos que si alguna vez volvíamos a encontrarnos, pasara el tiempo que pasara, lo dejaríamos todo y volveríamos a empezar. Hoy te he encontrado a ti, María, y creo que el destino me debe un final feliz, así que lo que tenemos que hacer es precisamente eso, dejarlo todo y volver a empezar tú y yo juntos –ella volvió a sonreír y Jonás vio como todos los engranajes de su cabeza funcionaban a un ritmo enloquecido imaginando sin cesar miles de futuros presentidos.
–Yo, como ya sabes, me llamo María. Terminé la carrera de medicina el año pasado y hace un par de meses aprobé, con una nota que no me creo ni yo, el examen de acceso a la especialidad. He venido a Egipto para celebrarlo con mis padres –María señaló al tipo de pelo canoso que permanecía de pie arriba de la escalinata–, para hacerles un regalo por haberme dado una vida tan feliz –sonrió–, así que no te puedo prometer nada, porque lo más seguro es que la semana que viene, como está planeado, vuelva a España y en otoño empiece a trabajar en el Hospital Universitario de Valencia. Pero, si quieres, esta tarde mis padres irán a ver el templo de Ramsés II y a mí la verdad es que no me apetece gran cosa. Podemos ir a tomar un café, un té o a hacer lo que sea que hagan estos egipcios para divertirse y pasar la tarde.
Esa tarde fueron a tomar café y Jonás le contó todo respecto de María. Y María, la nueva María, deseó durante un rato no ser ella, sino aquella otra con el nombre repetido, por la que Jonás había apostado el futuro y a la cual había suplantado durante los breves segundos en los que estuvo equivocado. Imaginó que no era esa chica un poco insegura, un poco frágil, un poco divertida y un poco de casi cualquier cosa, sino aquella otra mujer excesiva de la que Jonás le hablaba, y con la que parecía compartir únicamente el nombre y una boca pequeña pintada de rojo. Pero al llegar al final del relato, cuando entre sorbo y sorbo de té Jonás le contaba cómo la vio allí, de pie, en la entrada del museo, con un vestido gris, sujetando un bolso con las dos manos, y el pelo largo, infinito y despeinado, a María se le abrieron aún más sus ojos grandes, y se dio cuenta de hasta qué punto ella tenía que ser el final de esa historia.
Esa noche cenaron juntos, y a la mañana siguiente se levantaron a la vez para desayunar. Y lo mismo fue ocurriendo durante toda la semana. Jonás no volvió a pisar el suelo mil veces pateado del museo, y María dejó que sus padres recorrieran solos el Egipto de los faraones. Nunca llegaron a hacer planes y, sin embargo, cuando llegó el día en que María debía regresar a España, en el Avión a Valencia viajaba también Jonás.

lunes 29 de noviembre de 2010

Minideconstrucción V.
Nuevo Comienzo.
Eduardo Abril Acero

Al terminar de brindar, entre jaleo y risas, llegó la hora en que todos se marchan. No tenía arrestos para dilatar el final con apretones de manos, abrazos y miradas de reproche desde el fondo de la sala, así que sin dar cuenta de mi huída, me puse mi chaqueta, todavía mojada, y cuando todos aún festejaban salí fuera esperando que no me echaran de menos pero que tampoco me olvidaran fácilmente.

No pude cerrar la puerta tras de mi porque la sujetó la mano de Betina que, con su traje de chaqueta y su pelo recogido a un lado de la cara, me agarró del brazo y se coló en el hueco de mi escapada. "¿Te marchas?¿no ibas a llevarme a casa?", me preguntó mirándome con esos ojos siempre tan llenos de melancolía y firmeza. Yo no supe qué decirle porque no esperaba tener que decirle nada, pero ella rellenó mi incómodo silencio con un "¿te veré al volver de vacaciones?". "¡Claro!" exclamé, "sabes donde encontrarme, no tienes más que cambiar de edificio para venir a tomar café conmigo". Su gesto se relajó y me sonrió con esa sonrisa llana que valía tanto para la alegría como para la tristeza. Se inclinó sobre mí acercándose y me dio un beso en la cara, sólo uno; luego me soltó el brazo y con un "entonces me vuelvo a la fiesta File, llámame algún día y tomamos algo antes de reyes", entró de nuevo en la casa saliendo de mi vida.

Años después ella me reprocharía que nunca volví y que ni siquiera le dí oportunidad para despedirse. Si lo hubiera hecho tal vez habría corrido a buscarme, o habría gritado desde la otra punta de la sala ¡Filene!, o me habría dado más que un beso en la mejilla.

Cuando la conocí era todo una señorita, una declaración de malas intenciones corregidas por el vicio de la ingenuidad y la virtud del humor más negro y mordaz. Yo paseaba todas las mañanas exhalando vaho y contando las baldosas que se extendían como una alfombra desde la puerta principal a la otra puerta principal, la de mi coche. Y ella, exhalando virtud, me miraba desde el otro lado de la barrera, donde a penas llegan los resoplidos de los toros, pero sí el mal y el buen olor de las faenas. Me miraba y sonreía, y volvía a mirar, volvía a sonreír y rehacía una y mil veces la sutil relación que mantiene la distancia en pasos, saltos, vuelos o años luz, desde el lugar que yo ocupaba hasta el de sus miradas, el aire que rellena ese hueco infinito y mínimo, el cielo cubriéndonos como una enorme esfera opaca, la tierra vestida de adoquines mojados y contables, el olor a humedad y a hormigas voladoras, la luz del sol tenue de otoño reflejándose contra el cristal tras de sí, el caminar de los hombres cruzándose entre sus ojos y yo... Y así un día y otro día... y otro día más.

“Buenos días Beti”, le decía yo con un entusiasmo que estaba pidiendo a gritos la justicia cósmica, y ella me respondía con su sonrisa de medio lado, “si usted lo dice”, y volvía a sonreír. Luego cogía una carpeta de plástico la ponía encima de la mesa y moviendo papeles de un lado a otro comenzaba a hablar vacilante. A un palmo, nunca me miraba, como mucho mantenía un instante el parpadeo, como si temiera que fuera a encontrar algo demasiado indecible allí, un secreto mucho tiempo y con mucho celo guardado, en el fondo oscuro de sus cajas negras. Pero de lejos, cuando se sentía a salvo, cuando la distancia era la suficiente para que no pudiera leer, igual que un miope se atasca con las últimas líneas del texto de la óptica, en el que las primeras letras son grandes y aburridas, pero las últimas, que son pequeñas e ilegibles, esconden poesías maravillosas y secretos inefables, me miraba sujetando la luz de sus ojos a un hilo sutil pero irrompible que atravesaba el espacio con seguridad hasta impactar violentamente contra mis retinas que vibraban con el golpe.

A veces me parecía que eran dos personas distintas, una la de mis pensamientos y otra la que cada mañana contestaba con una dulzura austera mis preguntas. Una la que se sentaba frente a mi mesa, sin dejar de teclear en su ordenador mientras yo hacía que me entregaba a un trabajo profundo e imprescindible pero dedicaba mis miradas a recorrer el movimiento de sus piernas interminables debajo de la mesa y otra, la que en la hora del café me miraba en la distancia firme y decidida, alterando mi tono elevado y orgulloso.

Yo iba viviendo mientras el tiempo transcurría a la velocidad de la luz en mi vida y se detenía entre aquellas paredes hexagonales como si se tratase de un reloj que funcionando con normalidad siempre da la misma hora. Ella simplemente siempre estaba ahí, con sus ojos ausentes mirándome, mientras yo movía todas las demás piezas de mi tablero de ajedrez. Sin embargo un día terminé mi trabajo y debía marcharme. Lo sabía yo y a penas dos o tres personas más en la empresa; pensé despedirme de algunos, agradecer el buen trato de casi todos o ironizar con desdén la envidia y el desprecio de los ningunos, pero simplemente seguí trabajando con cierta emoción tranquila, esperando el fin de año y mi despedida silenciosa.

El último día, antes de que la mitad de la plantilla acumulase suficiente alcohol y alegría como para convertir la navidad en algo merecible de elogio, Bety se acercó y me preguntó si podría llevarla a casa después de que Don Ramón, el director, leyera su tradicional discurso de Navidad, repetido según decían, porque para mí era el primero, del discurso del año anterior. Le dije que sí, que no había ningún problema. Pero mientras el viejo arrastraba palabras de un lado a otro de la oficina, exhortándonos a involucrarnos con una empresa común y demás sandeces, yo no pude dejar de mirarla, con sus ojos brillantes, su boca seria y prometedora, y sus piernas cruzadas tan irresistiblemente que tuve que mirar varias veces alrededor mío para comprobar que sólo yo miraba, que no se acumulaban en aquellas piernas y aquellos ojos profundos todas las miradas del universo.

En aquel momento el vértigo, el deber, el miedo, la simple y llana nada o todos ellos a la vez, hicieron que me deslizara silenciosamente fuera de la fiesta dispuesto a no volver nunca más a ver aquellas caras embriagadas de alegría, a no volver a ver a Betina. No sabía cómo despedirme de ella, porque tampoco sabía de qué debía despedirme; por eso quise escaparme de su interrogación.

Pues ¿cómo se despide al que no se terminó de saludar? ¿Cómo decirle que la iba a echar de menos cuando nunca estuvo presente en mi vida de una forma sustantiva? Ella estaba allí todo el rato, de forma constante, ocupando cada uno de mis pensamientos, pero no como algo asible, tangible, deseable, sino como una pura nada, un hecho negativo, un no ser, un hueco vacío en la columna del “haber” y otro hueco vacío en la del “debe”. Cómo añorar el lugar al que nunca fuiste, al no querer ciclotímico, a la planta que no creció dentro del semillero porque nunca se plantó.

Y lo cierto es que allí solo, paseando desde Moret a Debod a lo largo de la rivera de un río oscuro que es el parque del Oeste pasada la media noche, bajo un cielo estrellado que carecía de estrellas y una ley moral insertada de una puñalada en mis entrañas que sólo me instaba caminar sin rumbo, pisando nieve sucia, exhalando vaho, sin las gafas puestas para que las luces de Madrid convirtieran mi paseo en un caleidoscopio de luces borrosas y movimientos imprecisos, echaba de menos ya lo que en adelante no iba a tener y en el pasado tampoco tuve.

Despedir a Beti fue como rellenar con ausencia desbordante una ausencia milagrosa, como pasar de una habitación donde no hay nada a otra donde encuentras exactamente lo mismo, pero sin una puerta que las separe y sabiéndote de pronto en un lugar nuevo y desconocido pero exactamente igual a tu anterior vivienda. Como buscar un documento que no existe ni como un papel tachado o arrugado en una papelera, sino como el que nunca fue escrito y aún así se traspapeló.

“Echar de menos a Betina” era una frase afirmada a la que le faltaba una negación pero en la que no sabía en qué lugar colocar ese “no”. “No echar de menos a Beti”, “echar no de menos a Beti”, “echar de menos a no Beti”, “echar de menos a Beti no”. Ninguno de los “noes” era capaz de significar ese desfondamiento en el que me veía cayendo, esa pura nada que eran mis sentimientos, esa intencionalidad hueca y vacía, sin intención. Ni siquiera sabía cómo añorar a esa mujer nunca soñada, a la que pensaba que no volvería a ver jamás, respecto de la que me faltaban las palabras y estaban perdidos mis sentidos.

Desee vaciar mi mente y pensar de manera sustantiva la pura nada; pensé que sólo así acertaría a enunciar mi emoción cóncava. Pero cuanto más pensaba, más se llenaba mi pensamiento de negaciones que no acertaban a ponerle palabras a una realidad que sólo era en la forma de la ausencia, de un aire leve que es menos que aire. Así que simplemente caminé, primero hasta la Plaza de España, después a la Plaza de Oriente, la Glorieta de Embajadores y finalmente me senté en un banco delante de la antigua estación de Atocha, mirando como los coches se movían desordenadamente como luciérnagas enloquecidas sobre el fondo oscuro del asfalto.

Al día siguiente mi vida volvió a comenzar de cero, pero un cero que no era ni podía ser el cero absoluto. Era más bien un conjunto vacío repleto de ausencias.

martes 25 de mayo de 2010

Evasión en miniatura

El tráfico incesante. Las aceras se estiraban como un hilo de agua y de gente en torno al tráfico incesante. La tarde calurosa empezaba a declinar y a poblarse de sombras. Las terrazas crepitaban bajo el murmullo de conversaciones indescifrables. Un autobús azul abrió sus puertas y varios pasajeros se vieron perdidos en algún punto de la calle de Alcalá. La vida desordenada y confusa -la vida sin más- se envolvía en el ruido y la soberbia de las calles interminables y los edificios. En medio de todo, alguien levantó la vista al cielo lejano y lo descubrió atravesado por decenas de golondrinas.

miércoles 24 de marzo de 2010

Examen

El sol volvió a iluminar la habitación, que se vio anegada por una luz intensa y efímera. Las ventanas, que enmarcaban la pequeña porción de mundo que era dado contemplar desde la clase -los montes todavía nevados, las casas del pueblo inmóviles y sombrías- se encendían y apagaban a tenor del recorrido fortuito de pesadas masas oscuras que ocultaban intermitentemente el sol. Era marzo y nada aún había brotado en los campos macilentos.
El examen apenas había comenzado y el profesor tuvo que enviar a una de las dos alumnas a repetir las fotocopias.
-No nos va a quedar tiempo-, susurró la otra.
Después de dictar las preguntas con tono de voz rutinario, el profesor calló. El silencio estalló nada más perderse el eco de la última pregunta- como una flor que se abre súbitamente- y la clase se mantuvo en una calma desacostumbrada mientras las dos alumnas escribían compulsivamente sobre la madera sorda de los pupitres. Un coche del color de la aurora o el anochecer giró en lo alto de la calle y la recorrió sin apenas hacer ruido.
El profesor encontró ante sí nada más que tiempo, tiempo desnudo y sin contenido en el que no habría de escenificar su repetida representación ante público alguno, y abrió el periódico con despreocupación. Lo cerró al poco rato y giró la cabeza hacia los plátanos desnudos que velaban el cielo gris tras los cristales.
"Afuera también pasa el tiempo y la luz, y las cosas cambian demasiado lentamente"-, pensó.
Una de las alumnas estiró nerviosamente el brazo, y ante una señal leve del profesor preguntó si era importante el nombre completo de un autor.
-Es que no m´acuerdo-, dijo.
El profesor le contestó que intentara recordarlo, pero que, ante todo, no perdiera los nervios.
"Se toman demasiado en serio los exámenes"-, pensó.
Volvió a abrir el periódico, pero enseguida lo cerró pensando que ahí también se tomaban demasiado en serio muchas cosas sin importancia. Miró las paredes que reververaban como golpeadas por un aire blanco, y permaneció así hasta que una mano misteriosa oscureció y aquietó la clase.
El profesor se levantó y comenzó a caminar, rodeó lentamente a las alumnas y encendió la luz.
"Se toman todo demasiado en serio"-, pensó, y envidió por un instante la seriedad de su entrega al engaño.