Salvo algunos momentos que insinuan cierta profundidad, un oficial de las SS enviado al frente por no delatar a su padre disidente, otro que antepone los deseos del Fuhrer a los del ataud de su propia madre muerta, una niña que emplea sus energías adolescentes en amar el nacionalsocialismo como si se tratase de las Spice Girls, un degradado médico judío metido a pelapatatas, la película no pasa de ser otra más de las que contribuyen a crear eso que podemos llamar ya, la memoria
Pese a todo, después de haber visto mil veces "La lista de Schindler" o "la vida es bella", de haber leído a Ana Frank o a Primo Levi, no termino de acostumbrarme al descubrimiento de esa memoria. Tal vez para eso no se debería dejar de hacer este tipo de películas y de libros, ahora que desaparecen los últimos testigos de esa barbarie; es necesario mantener fresca la memoria.
Eso nos permite volver a decir, una vez más y con la misma fuerza: "había niños en los campos de concentración".