viernes, 16 de enero de 2009

Fin de año.
Eduardo Abril Acero

Paula agotaba sus últimas horas en una casita de planta baja junto al Mar de la Plata. Mientras, nosotros, despedíamos a una década infame levantando vasos de vino y brindando siempre por las mismas mujeres, mujeres de grandes pechos.

El alcohol y el humo detenían el tiempo en aquel instante, en aquella cantina, mientras, una morena de grandes ojos verdes desafinaba canciones de los Enanitos Verdes. Imaginaba que cerca, al otro lado del bar, un marinero daba un golpe en la mesa jurando haber visto una sirena en un arrecife en la Tierra de fuego, y Manuel perdía la mirada en el infinito, solo recuperada por la visión de un gran culo que cortaba el aire con torpeza. Nosotros nos reíamos; reírse era todo lo que se podía hacer aquella noche, mezcla de alegrías luminosas y pensamientos escondidos; reírse de la vida, del calvo de Gaitán y de las mujeres insulsas. Eran risas amargas que mezcladas con lo que todos esperábamos y ninguno decía, se retorcían dentro de los vasos de vino. Luego, brindábamos y bebíamos, como sádicos masoquistas .

Nadie preguntaba por Paula y en todo el bar no había ni una silla vacía. Todos deseábamos levantarnos y cederla, si acaso la viéramos entrar por la puerta. Yo, para no dejar que el tiempo se apresurase, bebía sin parar. Todo lo que quería en aquel momento, era terminar aquella botella que esperaba encima de la mesa, para empezar otra y que la noche volviera a comenzar de nuevo, como si viajásemos encima de una nube de felicidad efímera.

Por la mañana me marcharía lejos de la universidad, lejos de mi casa y a mil años luz de aquella ciudad mezquina, llena de podredumbre y pobreza. Allí era imposible estar bien; cada esquina tenía pegado un pensamiento, un sentimiento, y todos buenos pero pasados. Quería escaparme de tanta monocronía insoportable; odiaba que todos llevaran trencas de cremallera y capucha, como grises esquimales; no había más opciones que el azul marinero o el verde militar. Paula, al revés, vestía una preciosa chaqueta de lana blanca con dibujos de caballos azules con crines rojas y verdes. Adoraba aquella chaqueta; la adoraba casi tanto como a ella.

Entrada la noche hablaba el vino en una crátera oxidada:

-Tú, Manolito, el Manolito de siempre, el que nunca cambia. ¿Recordás cómo éramos al principio?, ¿me recordas a mi?, el niño pijo de Avelladeda.¿Y Paula?, mi Paula, con enormes pómulos sonrosados, debajo de esos ojos gigantes, siempre abiertos, siempre brillantes… y siempre dispuesta a regalarnos su sonrisa.

- File te torturas. Mejor bebe

- ¿Recordás a Norberto?, ese sí que era un gran tipo. Luego, se cortó el pelo, conoció a aquella flaca y la tierra... ¡se lo comió! El otro día me dijeron que la flaca lo plantó a los tres meses por un futbolista de tercera división. ¿Te imaginas?... Norberto, el puto intelectual, siempre hablando de Nietzsche… cambiado por un futbolista pichalarga. Eso sí que le jodió. Le podían cagar encima, insultarle, incluso le podían moler los huesos a hostias esos putos crios imitadores de fascistas. ¡Pero que la mujer por la que lo deja todo, se le marche con uno de esos pinchapelotas de pacotilla!, ¡y encima de tercera división!. - Gaitán interrumpía, como siempre, sólo sabía interrumpir para incordiar.

-¡Ya estamos! ¿Vos sos un intelectual de mierda o qué? ¿Ahora te dan por culo los futbolistas? Sabed que yo os conocí con una bufanda del Racing alrededor del cuello.- yo había aprendido a no engancharme con él en conversaciones estúpidas.-¿y Norberto?, ¿no decía siempre que las cosas que más valían la pena eran siempre las menos importantes?

-vos, Manolito ¿sabes algo de Norberto? Recuerdo que el último año que le vimos por la universidad eras tú al que más frecuentaba.

-Marchó a España.

-¿A España?, ¿y qué se le perdió allá?

-Allá tenía familia. Me llamó días antes de volar, quería que le arreglase las cosas en la facultad para seguir estudiando en la universidad de Madrid. Le había salido un trabajo, algo así como corrector de datos informáticos, ¡tampoco me hagas mucho caso!, sabes que no tengo memoria para estas cosas...

-¿y la flaca?, ¿te contó algo de la flaca?

- ni me la mencionó, eso sí, me habló de otra pibita, una galleguita rubia, con mucha plata. La había conocido acá y se marchaba con ella en el avión. Bueno, ya sabés cómo era Norberto, como el perro de Paulov, le ponías un coño cerca y le salivaba la boca.

-Si, pero yo pensé que la flaca...

-la flaca sólo era una excusa para mandarlo todo al carajo y hacer lo que verdaderamente le gustaba.

-¿Y qué le gustaba?

-¡Vivir la vida amigo!, vivir la vida. El cómo, dónde y con quién ya lo iría viendo. Incluso te diría que eso no tenía la menor importancia para Norbertito. Estoy seguro de que podría seguir a cualquier mujer hasta el fin del mundo, y más allá, sólo por sentir emociones de primera calidad, de las que a cualquiera de nosotros nos tumbarían.

-Me gustaba aquella chica...

-!y a mí, no te jode¡, a todos nos gustaba esa chica.

- a mi no.-interrumpía Gaitán.

- ¡a vos qué os va a gustar!, ¡vos sos medio maricón!

-Si no estuviera borracho, Manolito, te partía la cara- replicaba Gaitán golpeando la mesa.

- ¡no digas sanceces! ¡Yo no me creo que no te gustara la flaca, si nos tenía a todos relocos!

-¡Ba!, si parecía que se le había comido la lengua el gato. Y tan seca...

- calladita si que era, pero ¿y qué? ¿quién no se habría vuelto loco por ella? Calladita y retraída pero con esa mirada penetrante que incitaba a la lujuria... y ese cuerpo...

-como Sean Young, ¿os acordáis que lo decíamos? Fumaba como ella, ¡Qué mujer!

-¿Cual, La replicante o la flaca?

- ¡ambas!... las dos.

- ¡Sean Young!, al menos la flaca era real, no me gustaba pero era real, no un personaje de película. Anda, pide otra botella que en esta el vino ya hace ecos.

-¿Sabes qué me gustaba más de ella, File?, que siempre llevaba blusas de seda. A veces ceñidas y otras no, pero eso daba igual, a mí siempre me apetecía tocarla...

-¿por la blusa?

-Por la blusa y por todo lo demás. ¿Sabes lo que es desabrocharle a una mujer una blusa de seda?, le sueltas los botones y la camisa se va solita al suelo… no tienes que tirar de la ropa… se va solita. Con el algodón hay que estar con tirones, se queda enganchada aquí o allá. La seda es diferente amigo.

-¡Otra botella Santiago!- y santiago venía enseguida con otro frasco de vino peleón. Nos decía algo así como “menuda moña que os vais a agarrar” y se marchaba otra vez detrás de la barra. No podría escribir más de medio pliego con todas las frases que le he oído pronunciar a ese camarero, menos aún si nos ceñimos sólo a las frases ingeniosas.

-Se acerca Eva, ¡el séptimo de caballería!- gritaba Gaitán.

-Esa piba lleva la palabra lujuria escrita en la frente. Mirarla como mueve las caderas.- añadía Manolito- a tí, Filene, te tiene echado el ojo desde que entramos...

-la gente le abre camino por el riesgo de sufrir un accidente, ese culo es mortal si golpea en blando- se mofaba de nuevo Gaitán

- Vos, Gaitán, no sabes ver el aspecto poético de un pandero, de un buen pandero. Pensar que esa mujer está hecha para parir hijos, y para parir primero hay que...-llegaba Eva, con un gorro de pico, un matasuegras en la boca y una copa de champán en la mano como únicos complementos de un vestido tan ceñido que en algunas partes parecía un tatuaje.


-¡alegrad esa cara, carajo, que se acaba el año y nos vamos todos de esta aquí! ¿no es eso para estar contentos?- nos decía Eva aparcando sus caderas delante de la mesa.

- No todos nos marchamos Eva, yo todavía sigo, me queda todo quinto- interrumpía Gaitán.

- Tu, Ganito, seguirás aquí hasta que se te seque la pija, nunca aprobarás porque, en ningún sitio vives mejor. Pero alegremos este velatorio, vamos para allá a quitarle la alcachofa esa pesadita que me tiene muerta. ¿Es que no sabéis divertiros?

-Es que aquí al amigo Filene le entró nostalgia, con tanto vino - le decía Manolito a aquella mujer percherona mientras me pasaba el brazo por encima del hombro. Yo hipnotizado por los posos del vaso ni siquiera levantaba la cabeza.

-¡Ah no! Dejarme que adivine, los amigos que ya no veréis, las juergas que os corríais y las mujeres de la universidad, como si lo viera.

-Lo de las juergas venía después gordita, justo antes de que interrumpieses una conversación de hombres- contestaba Gaitán enfatizando el tono cuando decía “de hombres”.

-Hombres, lo que se dice hombres, en esta mesa no veo más que a uno, y tu no eres, boludito.

-¡Sin faltar Eva!, que yo no tengo la culpa de que este bocazas no sepa beberse un vaso de vino sin empezar a decir boludeces. Estábamos aquí, tranquilamente, hablando de mujeres si, ¿pero de qué íbamos a hablar tres borrachos el día de fin de año? - Se defendía Manolito

- Pues dejarlas quietecitas, que si sólo habláis de ellas es porque ya se buscaron a otros que hablen menos. ¿No hay aquí mujeres que os gusten?. Mirarme a mi, me vine solita y todavía ningún caballero me sacó a bailar, aunque sea las canciones de esa mina reputísima. Venga Filene, ¡alegra esa cara!, ¡ven, vamos a bailar tu y yo!- a mí no me apetecía ni lo más mínimo, pero, por suerte las canciones que sonaban, no exigían grandes esfuerzos. Me levanté más por no querer seguir escuchando cómo Manolito y Gaitán discutían, que por ser educado y galante con Eva. Además, mi sentido del ridículo se había esfumado justo antes de la última botella. Me abracé a Eva y simplemente seguí sus movimientos.

- Afloja un poco pibe, que no respiro. Me gustan apasionados pero eso déjalo para después, ahora alegra esa cara de mustio y no pienses en esa pibita que te quita el sueño; mejor piensa en mi.

- Es que esta noche es especial.

-¡Pues claro que es especial!, se nos acabó seguir perdiendo el tiempo en esta ciudad de mierda...

- Si, bueno. Pero no lo digo por eso...

-¿a no? ¿Entonces por qué?

-Yo también he decidido marcharme, aquí no me quiero quedar

- primera noticia. ¿Y cuándo lo decidiste eso?

- ahora mismo, aquí, bailando contigo.

- ¡toma eso! ¿Ahora mismito?, ¡pero bueno, qué tendré yo que todos los hombres salen corriendo. ¿Y a dónde te marchas?

- No lo sé, ya pensaré…

- Huy ,eso es un sitio muy lejos File. Venga, calla la boca, que estás borracho.

- si, pero sé lo que me digo.

-¿Es por Paula verdad?, no pienses ahora en ella, agárrame fuerte por las caderas y piensa en mi, sólo en mi.

Al rato volvimos a la mesa. En el escenario la música había parado y un tipo con traje de pingüino trataba de colocarse el micrófono a la altura que le correspondía, pero la jirafa se resistía a moverse. Tuvo, finalmente que ser auxiliado por aquella morena excesiva que le aventajaba en altura pero no a lo ancho. Gaitán, muy en su línea, al grito de ¡quieres que te eche una manita, pingüino! llamó la atención de toda la sala sobre nuestra mesa; la situación era para reírse, una morena con exceso de curvas, ayudando a un gordito pingüino a colocarse la alcachofa a su altura. Éste se sacaba, entonces, un pañuelo para secarse el sudor de la frente, nervioso...

Por fin pudo hablar, pero pegándose tanto la alcachofa a la boca que nadie le entendió ni una sola palabras. El ingeniero le subió el volumen para que así nos enterásemos mejor y él al tiempo, no tuvo otra ocurrencia que gritar a través del micro. El estruendo fue terrible y vino seguido del barullo que organizó la concurrencia, increpándole algunos, y riéndose otros. Al final se escuchó una frase nítida en todo aquel barullo: la morena cogió el micrófono y dijo suave, “atención que... que... Antonio tiene algo que comunicarnos”. El chiquito, primero de nuestra promoción, se dispuso a decir unas pocas palabras emocionadas, mal emocionadas:

- quiero proponer un brindis por todos estos años que hemos estado juntos...

- ¿juntos con quién?- Gritaba otra vez el payaso de Gaitán- ¡porque no conmigo!- luego nos miró- este tipo cree que por que acabe con nosotros es compañero, joder, si no se separó ni un milímetro de las faldas de Don Orione en toda la carrera...

Antes de levantar la copa para saludar el nuevo año con el brindis que acababa de hacer Manolito, ¡por las mujeres!, como siempre, vi como por la puerta de la sala entraba a toda prisa la hermana de Paula. Enseguida entendí qué pasaba y dejé caer mi copa al suelo, aguándole la fiesta a los demás, para recibirla entre mis brazos. Ella me abrazó fuerte y yo le respondí con entusiasmo. No tenía lágrimas en los ojos, pero su aspecto era pálido, mortecino y su mirada inquieta. Ni siquiera tuvo que decirme nada, ni yo escucharlo; yo sentí pena y alivio. Paula ya se había muerto y con ella se acabaron para siempre años, meses y días de felicidad y angustia.


Se acabó mi vida y parí otra.

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